martes, 25 de septiembre de 2012
lunes, 24 de septiembre de 2012
Seminario 3 “Neurosis y sexualidad”
Análisis sobre las primeras publicaciones psicoanalíticas
(1893-99)
Sección 1.
- Las neuropsicosis de defensa (Ensayo de una teoría psicológica
de la histeria adquirida, de muchas fobias y representaciones obsesivas, y de
ciertas psicosis alucinatorias) (1894)
- Obsesiones y fobias. Su mecanismo psíquico y su
etiología (1895 [1894])
- Sobre la justificación de separar de la neurastenia
un determinado síndrome en calidad de “neurosis de angustia” (1895 [1894])
Sección 2.
- A propósito de las críticas a la “neurosis de
angustia” (1895)
- La herencia y la etiología de las neurosis (1896)
- Nuevas puntualizaciones sobre la neuropsicosis de
defensa (1896)
Sección 3.
- La etiología de la histeria (1896)
- La sexualidad en la etiología de las neurosis (1898)
Sección 4.
- Sobre el mecanismo psíquico de la desmemoria (1898)
- Sobre los recuerdos encubridores (1899)
viernes, 21 de septiembre de 2012
miércoles, 19 de septiembre de 2012
ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA ( XVII ) - Sobre la psicoterapia de la histeria.
SOBRE LA PSICOTERAPIA DE LA HISTERIA. (Continuación)
II. Observaciones del análisis y su extensión a la
compresión de la dinámica y organización de nuestra psiquis (representaciones).
Como se ha señalado anteriormente,
la eficacia de todo análisis psíquico descansa en la naturaleza asociativa de
nuestra psiquis, lo que le permite pasar de una representación a otra, y otra,
hasta arribar a la de su interés.
Freud destaca 3
formas principales de ordenamiento de nuestras representaciones:
1) Ordenamiento lineal cronológico: este es el tipo de ordenamiento más básico, puesto que
vincula a las representaciones según se suceden en el tiempo. En un mundo
determinado casualmente, la aparición en el tiempo es una gran pista para la
obtención de la compresión de un fenómeno.
En el análisis, la
recuperación de este ordenamiento se efectúa de una manera inversa a la de su
aparición, es decir, las representaciones más asequibles suelen ser las
últimas, las más actuales y de ellas es que partimos en pos de las demás.
La vivencia más fresca y reciente del
fascículo aparece primero como “hoja de cubierta”, y la hoja de cierre está
constituida por aquella impresión con que en realidad empezó la serie. (Pág.
294)
2) Ordenamiento según los niveles de resistencia o
conciencia: esto es,
representaciones que vinculadas entre sí, forman estratos mnémicos según su
disponibilidad para la conciencia. Esta disponibilidad como ya se dijo, está
determinada por el nivel de resistencia que se opone a ella y estos niveles a su vez tienden a incrementarse cuanto más
nos acercamos al núcleo patógeno.
Son estratos de resistencia, creciente esta última hacia el núcleo, y con ello zonas de igual alteración de conciencia dentro de las cuales
se extienden los temas singulares. Los estratos más periféricos contienen, de
diversos temas, aquellos recuerdos (o fascículos) que se rememoran con
facilidad y fueron siempre claramente concientes; cuanto más hondo se cala, con
mayor dificultad se disciernen los recuerdos aflorantes, hasta que, en la
proximidad del núcleo, se tropieza con aquellos que el paciente desmiente aun
en la reproducción. (Pág. 294)
3) Ordenamiento según el contenido del pensamiento: al no estar la lógica del contenido de un pensamiento
supeditada de manera estricta por la sucesión temporal o por el nivel de
cercanía a un núcleo patógeno, esta tercera forma de ordenamiento es en
realidad un “supra-orden”, por lo que sus líneas (hilos lógicos), no son
siempre directas y pueden retorcerse, a travesar estratos mnémicos y
ramificarse en nuevas líneas.
Surge de esta manera
un modelo bastante simplificado de la organización de nuestra psiquis: "capas,
niveles o estratos mnémicos concéntricos a núcleos patógenos".
El avance del
análisis psíquico se daría pues, de una manera alternada entre; un avance
periférico (agotar el material de cada nivel, capa o estrato mnémico) y un
avance radial (acceder a niveles cada vez más profundos hasta alcanzar el
núcleo patógeno).
Si quisiera yo esquematizar el modo de
trabajar, podría decir, tal vez, que uno toma a su cargo la apertura de
estratos más internos, el avance en el sentido radial, mientras que el enfermo
se encarga del ensanchamiento periférico. (Pág. 297)
Es fácil imaginar cuán complicado puede
volverse un trabajo semejante. Superando de continuo resistencias, uno esfuerza
el ingreso a estratos internos, obtiene noticia sobre los temas almacenados en
ese estrato y sobre los hilos que lo recorren, tienta hasta donde puede avanzar
con los medios de que hasta el presente dispone y las noticias cobradas, se
procura una primera familiarización con el contenido de los estratos vecinos
mediante el proceso de la presión, abandona los hilos y vuelve a retomarlos, los
persigue hasta los puntos nodales, de continuo los enhebra de nuevo y, si sigue
la huella de un fascículo de recuerdo, todas las veces alcanza un camino
colateral que, al cabo, tiene también su desembocadura. Por último se llega tan
lejos que se puede abandonar el trabajo por estratos y avanzar por una vía
regia, directamente, hasta el núcleo de la organización patológica. Con ello se
gana la lucha, más no está acabada todavía. Es preciso recoger los otros hilos,
agotar el material; pero ahora el enfermo presta enérgico auxilio, su
resistencia ya se ha quebrantado en su mayor parte. (Págs. 299-300)
Una de las
consecuencias de esta consistencia lógica del entramado asociativo de nuestra
psiquis es la de que reduce la posibilidad de un falseamiento por parte del
médico.
Uno se convence entonces con asombro de que es imposible instarle al enfermo nada acerca de las cosas que
presuntamente él no sabe o influir sobre los resultados del análisis
excitándole expectativas. Jamás me ha ocurrido alterar ni falsear la
reproducción de los recuerdos o la trama de los sucesos mediante mis
previsiones, puesto que ello se habría denunciado por fuerza en alguna
contradicción dentro de la ensambladura. Y toda vez que acerté en mi previsión,
múltiples e insospechables reminiscencias probaron que había dado en lo justo.
Por eso no hay que temer manifestar ante el enfermo alguna opinión sobre el
nexo que se acerca; ello es inicuo. (Pág. 300)
Dicho de otro modo,
la consistencia lógica del entramado asociativo de nuestra psiquis; genera
cierta regla de pertinencia sobre las representaciones del análisis.
Se puede aseverar que en el curso de un
análisis así no aflora ninguna reminiscencia singular que no posea un
significado. En verdad nunca se produce la intromisión de imágenes mnémicas
carentes de toda pertinencia,.. (Pág. 300)
También en esta
consistencia lógica se explica el que todo intento por abreviar el análisis
repercute en una disminución de su valor terapéutico, pues en el contexto
descansa mucho del sentido del contenido.
Es totalmente infructuoso avanzar en forma
directa hasta el núcleo de la organización patógena. Y aunque uno fuera capaz de colegirla, el enfermo no sabría qué hacer
con el esclarecimiento que se le obsequia, ni sería alterado psíquicamente por
este último. (Pág. 297)
III. Perturbaciones de la relación médico-paciente.
Otro de los
obstáculos que puede presentársele al análisis psíquico es la perturbación de
la relación entre paciente y médico, debida a los grandes flujos afectivos que
se despiertan y se colocan en movimiento.
En no pocos casos, en particular en mujeres
y donde se trata de aclarar unas ilaciones de pensamiento eróticas, la
colaboración de los pacientes pasa a ser un sacrificio personal que tiene que
ser recompensado mediante algún subrogado del amor. Las fatigas y la amistosa
tolerancia del médico tienen que bastar como tal subrogado. Si esa relación de
la enferma con el médico es perturbada, también se deniega su buena
disposición; cuando el médico quiera averiguar la siguiente idea patógena, a la
enferma se le cruzará la conciencia de los cargos que se han acumulado contra
aquel. (Pág. 305-306)
Freud destaca pues, tres formas generales de perturbación de la relación
médico-paciente:
1) Por reparos
superficiales hacia el médico o el tratamiento.
El de una enajenación personal, cuando la
enferma se cree relegada, menospreciada, afrentada, o ha escuchado cosas
desfavorables sobre el médico y el método de tratamiento. (Pág. 306)
2) Por temor de la paciente a caer en cualquier clase
de dependencia.
Cuando la enferma es presa del miedo de
acostumbrarse demasiado a la persona del médico, perder su autonomía frente a
él y hasta caer en dependencia sexual de él. (Pág. 306)
3) Por “trasferencia”
o falso enlace de los afectos aflorantes con la persona del médico.
Cuando la enferma se espanta por transferir
a la persona del médico las representaciones penosas que afloran desde el
contenido del análisis. Ello es frecuente, y aun de ocurrencia regular en
muchos análisis. La trasferencia sobre el médico acontece por enlace falso. (Pág. 306)
En el análisis
afloran diversos flujos afectivos sofocados hace mucho tiempo y relegados de la
conciencia, que por esto mismo, se alzan desnudos sin su contexto original y
son susceptibles de verse enlazados falsamente con el presente por una
compulsión de asociación propia de la conciencia, enlazándose especialmente con
la persona del médico que es quien encarna ese presente.
Primero había aflorado en la conciencia de
la enferma el contenido del deseo, pero sin los recuerdos de las circunstancias
colaterales que podrían haberlos resituado en el pasado; y en virtud de la
compulsión a asociar, dominante en la conciencia, el deseo ahora presente fue
enlazado con mi persona, de quien era lícito que la enferma se ocupara… (Pág.
307)
Al ser el contexto presente un sustituto provisional del contexto
original –pasado- de los flujos afectivos manifestados por el paciente, se
puede utilizar la relación presente como pista para discernir las relaciones
del pasado, dicho de otro modo, usar el fenómeno de “trasferencia” como una
herramienta más del análisis.
Eché de ver que esa trasferencia no supone
un considerable recargo de trabajo. Para la paciente, el trabajo sigue siendo
el mismo: superar el afecto penoso por haber podido abrigar semejante deseo por
un momento; y para el éxito del trabajo parecía indiferente que ella tomara
como tema esa repulsión psíquica en el caso histórico o en el reciente conmigo.
También las enfermas aprendían poco a poco a inteligir que en tales
trasferencias sobre la persona del médico hay una compulsión y un espejismo que
se disiparán al término del análisis. (Pág. 308)
Al comienzo del apartado que aquí reseñamos (Sobre la psicoterapia de la
histeria), Freud nos da noticias en unas pequeñas líneas, del camino que está
tomando su investigación posterior a esta etapa sobre el estudio de la
histeria: el papel de la sexualidad como fuente y demarcador de las neurosis.
Hasta donde se podía hablar de una causación
por la cual las neurosis fueran adquiridas, la etiología debía
buscarse en factores sexuales. A ello se enhebró el
hallazgo de que, universalmente, factores sexuales diferentes producían cuadros
también diversos de contracción de neurosis. Y entonces, en la medida en que
esta última relación se corroboraba, uno podía atreverse a emplear la propia
etiología para una caracterización de las neurosis y trazar una separación
nítida entre sus respectivos cuadros clínicos. Ello era lícito en tanto los
caracteres etiológicos coincidieran de una manera constante con los clínicos.
(Pág. 265)
Es este precisamente,
el tema en el que se ahondara en el próximo volumen (3) de las obras completas
de Freud; “Primeras publicaciones psicoanalíticas” (1893-99)
ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA ( XVI ) - Sobre la psicoterapia de la histeria.
IV. SOBRE LA PSICOTERAPIA DE LA HISTERIA (Freud)
I. La vía del apremio consciente y el esclarecimiento
de los fenómenos de la resistencia y la represión.
Si bien el método
catártico de Breuer introducía como concepto central para la psicoterapia; la
idea de “análisis psíquico”, entendido éste como el ejercicio mnémico de
retrotraer los síntomas histéricos a sus procesos ocasionadores, el camino en
el que se baso para la necesaria ampliación de la memoria del paciente fue
mayoritariamente el de la hipnosis.
Freud se apropia
entusiasmado el concepto pero termina por abandonar el recurso de la hipnosis
por las dificultades que le suponía lograr alcanzar aquel estado con todos sus
pacientes.
Se apoya entonces, en
el “apremio consciente” como la herramienta para acceder al pasado.
Cuando en la primera entrevista preguntaba a
mis pacientes si recordaban la ocasión primera de su síntoma, unos decían no
saberla, y otros aportaban alguna cosa que designaban como un recuerdo oscuro,
y no podían seguirlo. Y si yo entonces, siguiendo el ejemplo de Bernheim cuando
despertaba impresiones del sonambulismo presuntamente olvidadas, insistía, les
aseguraba a los enfermos de las dos clases mencionadas que no obstante lo
sabían, que ya se acordarían, etc., a los primeros se les ocurría algo y en los
otros el recuerdo conquistaba otra pieza. Entonces yo me volvía más insistente
aún, ordenaba a los enfermos acostarse y cerrar los ojos deliberadamente para
“concentrarse”, lo cual ofrecía al menos cierta semejanza con la hipnosis; de
este modo hice la experiencia de que sin mediar hipnosis alguna afloraban
nuevos y más remotos recuerdos que con probabilidad eran pertinentes para
nuestro tema. (Pág. 275)
Este camino le lleva
a encontrarse de una manera mucho más clara que con la hipnosis; con el
fenómeno de la resistencia y con el fenómeno de la represión el cual puede
considerarse como el anverso del primero y el principal mecanismo psicológico
responsable de la histeria.
Tales experiencias –las del apremio consciente- me dejaron la impresión de que un mero
esforzar podía hacer salir a la luz las series de representaciones patógenas
cuya presencia era indudable, y como ese esforzar costaba empeños y me sugería
la interpretación de tener que superar yo una resistencia, traspuse sin más ese
estado de cosas a la teoría según la
cual mediante
mi trabajo psíquico yo tenía que superar en el paciente una fuerza que
contrariaba el devenir-conciente (recordar) de las representaciones patógenas. (Pág. 275)
Seguidamente, la naturaleza
inconciliable que parecía compartir todas las representaciones reprimidas que
observaba, le sugiere concebir este proceso psíquico como un proceso de
defensa.
Averigüé un carácter general de tales
representaciones; todas ellas eran de naturaleza penosa, aptas para provocar
los afectos de la vergüenza, el reproche, el dolor psíquico, la sensación de un
menoscabo: eran todas ellas de tal índole que a uno le gustaría no haberlas
vivenciado, preferiría olvidarlas. De ello se desprendía, como naturalmente, la
idea de la defensa. (Págs. 275-276)
La fuerza que en el análisis se muestra como “resistencia”, en un principio en la vida del paciente actúa como “represión/defensa”.
En efecto, era de universal consenso entre
los psicólogos que la admisión de una nueva representación (admisión en el
sentido de la creencia, atribución de la realidad) depende de la índole y de la
dirección de las representaciones ya reunidas en el interior del yo; y ellos
han creado particulares nombres técnicos para
el proceso de censura a que es sometida la recién llegada. Ante el yo
del enfermo se había propuesto una representación que demostró ser
inconciliable, que convocó una fuerza de repulsión del lado del yo cuyo fin era
la defensa frente a esa
representación inconciliable. Esta defensa prevaleció de hecho, la
representación correspondiente fue esforzada afuera de la conciencia y del
recuerdo, y en apariencia era ya imposible pesquisar su huella psíquica.
Empero, esa huella tenía que estar presente. Cuando yo me empeñaba en dirigir
la atención hacia ella, sentía como resistencia a la misma fuerza que en la génesis del síntoma se había mostrado como repulsión. Y la cadena parecía cerrada siempre que yo
pudiera tornar verosímil que la representación se había vuelto patógena
justamente a consecuencia de la expulsión y represión {esfuerzo de desalojo}.
(Pág. 276)
Es por esto por lo
que Freud señala que los pacientes histéricos no sufren de “no saber” si no de
un “no querer saber”.
Vale decir: una fuerza psíquica, la
declinación del yo, había originariamente esforzado afuera de la asociación la
representación patógena, y ahora contrariaba su retorno en el recuerdo. Por
tanto, el no saber de los histéricos era en verdad un… no querer saber, más o
menos conciente, y la tarea del terapeuta consistía en superar esa resistencia de asociación mediante un trabajo psíquico. (Pág. 276)
La vía del “apremio
consciente” propuesta por Freud como recurso para la ampliación de la memoria
de los pacientes histéricos se ve reforzada por dos elementos:
el artificio de
la imposición de manos y la regla de no ejercer ningún tipo de censura en la comunicación.
Anticipo al enfermo que le aplicaré
enseguida una presión sobre su frente; le aseguro que, mientras dure esa
presión y al cabo de ella, verá ante sí un recuerdo en forma de imagen, o lo
tendrá en el pensamiento como ocurrencia, cualquiera que ella fuere. Le digo
que no tiene permitido reservárselo por opinar, acaso, que no es lo buscado, lo
pertinente, o porque le resulta desagradable decirlo. Nada de crítica ni de
reserva, ya provenga del afecto o del menos precioso. Le afirmo que sólo así podremos
hallar lo buscado, que así lo hallaremos infaliblemente. (Pág. 277)
El apremio como tal,
opera como un estimulo, pero su eficacia (junto a la del mismo análisis
psíquico) se funda en el entramado asociativo de nuestras representaciones.
No siempre es un recuerdo “olvidado” el que
aflora bajo la presión de la mano; es rarísimo que los recuerdos genuinamente
patógenos se hallen tan en la superficie. Con mucho mayor frecuencia emerge una
representación que dentro de la cadena asociativa es un eslabón entre la
representación de partida y la buscada, patógena, o una representación que
constituye el punto de partida de una nueva serie de pensamientos y recuerdos,
a cuyo término se sitúa la representación patógena. Entonces, la presión no ha
puesto en descubierto la representación patógena –la cual, por lo demás,
separada del contexto, sin preparación, sería ininteligible-, pero ha señalado
el camino hacia ella, la dirección en que debe avanzar la búsqueda. (…)Toda vez
que en el camino hacia la representación patógena vuelva a cortarse la ilación,
es preciso repetir el procedimiento, la presión, a fin de procurar una
orientación y un anudamiento nuevos. (Pág. 278)
Uno de los más
comunes contrapesos que opone el paciente a la comunicación libre es el de desvirtuar
lo que se comunica.
Los esclarecimientos más importantes suelen
venir anunciados como unos superfluos adornos, cual los príncipes disfrazados
de mendigos en la ópera: “Ahora se me ha ocurrido algo, pero no vale para nada.
Sólo se lo digo porque usted pide saberlo todo”. Así introducida, las más de
las veces llega luego la solución por tanto tiempo ansiada; siempre aguzo el
oído cuando escucho a los enfermos hablar con tanto menosprecio de una
ocurrencia. En efecto, es signo de una defensa lograda que las representaciones
patógenas hayan de aparecer como de tan escasa sustancia en su reafloramiento;
de ahí uno puede inferir en qué consistió el proceso de la defensa: en tornar
débil la representación fuerte, arrancarle el afecto. (Págs. 285-286)
Puesto que el éxito
del análisis descansa en el tramite adecuado (drenaje) de las representaciones
sofocadas por la defensa, una de las herramientas que sirven al médico para
determinar si se ha realizado o no una descarga completa es la lectura gestual
del paciente.
La regla de no perder de vista durante el
análisis los gestos del que yace en posición de reposo. Uno aprende entonces a
distinguir sin dificultad entre el reposo anímico por falta efectiva de toda
reminiscencia, y la tensión y los signos de afecto bajo los cuales el enfermo
busca desmentir, al servicio de la defensa, la reminiscencia que aflora. (Pág.
287)
Otra es, la
persistencia u obstinación que muestre una imagen o representación.
Cuando el trabajo está terminado, el campo
visual se muestra otra vez libre, uno puede sonsacar otra imagen. Pero otras
veces la imagen persiste, obstinada, ante la visión interna del enfermo, por
más que este la haya descrito; para mí es un signo de que aún tiene que decirme
algo importante sobre el tema de la imagen. Tan pronto él lo consuma, la imagen
desaparece como se apacigua un espíritu redimido. (Pág. 286)
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